FF R.o.A.: Relatos de Edén

Ave Fenix
Parte 1

OST: League of Darkness

Hará unos 2 o 3 años, en la etapa de oro de la vida en Lewis, un grupo de extraños se presentó en plena noche frente a la berja del jardín principal. Amenazaban con asesinar a todos si los niños no eran entregados o vendidos. Dicho esto, la macabra banda se abalanzó contra los profesores, que resistieron la embestida gracias al entonces conocido como Profesor Kalasnikov y a otros profesores que sabían luchar; pero no se pudo evitar lo inevitable, solo Nicholas y otros 2 profesores quedaron con vida para ver cómo uno de los agresores, un ocre, incendiaba el colegio, haciendo salir a los niños más fuertes y astutos, y dejando morir a los más pequeños y débiles. Éste asesinó a los adolescentes que se rebelaron, y a los 2 profesores que se apresuraron a vengarlos en un arrebato de ira. Aunque su muerte no fue en vano, la última cuchillada que propinó el ocre antes de que uno de los profesores y él se dieran mutua muerte, no terminó de matar a su objetivo, el hijo de Nicholas, pero lo hirió de gravedad. Pensando que su hijo fallecía, la oscuridad consumió todo su ser. Su alma se desgarró por completo y su razón y su juicio desaparecieron por un momento… dejando que el maná dominara sus sentidos.

El trance del padre enfurecido lanzó una letal llamarada al líder de la banda, que consiguió defenderse a duras penas y escapar junto a dos secuaces y un pequeño botín: las niñas supervivientes de Lewis y los cadáveres de los chicos, no sin antes mandar contra el ahora exhausto Nicholas una nueva horda de enemigos. Nicholas no podía ganar esta vez. Giró sobre sí mismo, y corrió hacia la pequeña figura que yacía en el suelo, su hijo, sostenida por su mejor amigo que se lamentaba y lloraba, Roy. Un paso sombrío… y escaparon.

Pero uno de los tres no pudo escapar nunca de ese día, de esa escena, aquel terror infinito, del miedo a que cualquier otra noche… vuelva.

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La oscura presentación de Khein

Worren Alcarin, un ‘joven’ NeoNoctus viajero, acaba de recibir una carta de un viejo amigo, un peculiar mago rojo al que conoció hará unos años en una posada, un tal Gambit. La abre extrañado, ¿será por fin que un mago de Edén se ha dignado por fin a nombrarlo su pupilo?
- Oh, vaya… no es lo que esperaba, ¡qué desilusión! Un momento… ¿Q-qu-qué? ¿Qué clase de demente tendría la necia idea de irrumpir así el casti..? N-no.. I-im-impo… ¡NO PUEDE SER! ¿Quién es ese Jack? ¡Rayos! Todo esto es… es… aterrador, en caso de ser cierto, c-claro.
Mientras tanto, un hombre encapuchado bajaba las escaleras de aquel tugurio, dirigiéndose al hostalero y golpeando la mesa haciendo vibrar la habitación.
- Aquí tienes unos guiles más, viejo.- gruñó con desprecio al anciano.- Creo que me quedaré un par de días más en esta pocilga.
- ¡Eh, oiga! ¡No puede irrumpir así y…!
Justo cuando el encapuchado se giró, mostrando dos destellos amarillos que estremecieron al anciano, ambos se volvieron al oir los gritos reprimidos del chico que leía su carta junto al buzón.
- ¿Algún problema, señorito? – dijo el hostelero, temblando, para cambiar de tema.
El chico miró, con la cara pálida a su anfitrión, y seguidamente al desconocido. Este último le devolvió una oscura mirada con sus brillantes ojos. Al mirarle, pudo ver dos bultos en la capucha, y se percató de que se trataba de otro de su misma especie. Recordó como su padre le decía que el clan Alcarin siempre debía mostrar fortaleza al resto, para infundir valor y respeto. Armándose con dichas armas, cojió un papel en blanco que había sobre la mesa y escribió:
’’NOTICIA Y DESAFÍO PARA LOS GUERREROS:
Cualquier guerrero poderoso, que no tema a la muerte, o ame suficiente a su patria, es citado cuanto antes en Montglane. Esta ciudad ha sido asediada hace poco por terribles enemigos,y ahora sus enemigos planean un último ataque para robar la gran espada VERMILLION.
Todo Guerrero que se jacte de poder y valentía, que parta mañana al alba conmigo hacia Montglane.’’
Directamente lo colgó en el tablón de anuncios. Se dirigió al bar, donde estaba todo el mundo esa noche, y les informó de aquello. Algunos se dirigieron al tablón, leyeron y, aburridos, se dieron la vuelta. Astutamente, Worren escribió en el papel una frase más.
- Eh, caballeros. Leanlo todo. – dijo el joven.
- Caramba, creo que me pasaré por allí. – dijo uno.
- JAJAJA! No pueden hazer nada zin mí ezoz inútilez de Montglane. – dijo un bangaa.
- Apartáos bellacos, seré yo quien patee el culo a quien haya que pateárselo. – gritó otro espadachín.
Mientras todos discutían, el misterioso NeoNoctus se dirigió a Worren y le dijo:
- Buena idea eso de mencionar la falta de gónadas de los que se queden aquí.
- G-Gracias. – respondió ruborizado Worren.
- Ya, pero no hacía falta, conmigo solo no tendrán nada que hacer estos inútiles.
- ¿Qué dice ese cretino? – dijo uno de los espadachines que se estaba alistando.
- Digo que una panda de gusanos como vosotros lo único que sabría hacer… es morir.
- ¿Cómo osas? Voto a mi infierno que serás castigado por mi katana, ¡insolente! – dijo mientras sacaba su enorme espada y el ambiente se tensaba. Los demás guerreros también se prepararon, con risitas irónicas y la seguridad de que aquel extraño no volvería a molestarles.
- Ezte cabeza de chorrrlito tiene ganaz de morir antez de tiempo, hehehe.
- Estás acabado.- dijo el samurai.
- He… – una carcajada y una sonrisa burlonas terminaron de provocar a sus rivales.
Los cuatro guerreros cargaron contra él gritando a voz en cuello. El samurai saltó para dar un tajo desde el aire, que cortaría por la mitad a cualquiera; el bangaa se deslizó para propinar un hachazo desde el suelo; y los otros dos guerreros les seguían. Worren sonrió.
El NeoNoctus apareció detrás de todos ellos, pareciendo que el tiempo se congelaba. Entonces cayeron todos al suelo, con las costillas rotas y las madíbulas desencajadas. El NeoNoctus ya no llevaba puesta la capucha. Sin dejar ver su rostro, de espaldas a Worren y el traumatizado hostelero, se acercó a la pared y escribió su nombre en el tablón de anuncios.
- ‘Cualquier guerrero que no tema a la muerte’ … Estás de suerte chico… ¡YO SOY LA MUERTE!
Khein Zhou clavó sus ojos rasgados con violencia en los de Worren, quien no podía esconder una amplia sonrisa. Él era justo el tipo de guerrero que buscaba.

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